Hace una semana que el tiempo no puede ser peor, y me alegro de ello, porque desde que estoy aquí no he logrado ver un día bueno, sin que algún inoportuno me lo estropee o me lo robe. Al menos, cuando llueve de firme, cuando nieva, cuando hiela o deshiela, me digo a mí mismo: “Mejor estoy en casa que fuera”; pero si amanece con sol, si todo pronostica un buen día, nunca dejo de exclamar: “He aquí un favor del cielo que podemos usurparnos unos a otros”. No hay nada que los hombres no se quiten sin escrúpulos: salud, reputación, alegría, reposo. Por supuesto, casi siempre por necedad, estrechez y mezquindaz, y, según ellos dicen, con las mejores intenciones.
Creo que Las penas del joven Werther me ha reconciliado con el Romanticismo. Vale, reconozco que el fragmento escogido no es el ejemplo perfecto de lo que uno entiende por “ideal y exagerado”, pero me ha parecido tan clarificador que no he podido resistirme a transcribirlo. Expresa perfectamente el batacazo que se pega todo romántico cuando abre los ojos y tiene que encarar la realidad miserable que lo rodea.Tanto es así, que muchos de ellos –personajes de ficción y criaturas de carne y hueso por igual– terminaron recurriendo al suicidio.
Por eso, siempre he sido un enamorado del Realismo y Naturalismo –a pesar de su crudeza–, aunque sin hacer ascos al género de la lírica desbordante, por supuesto.
* Si te ha gustado Las penas del joven Werther, de Johann Wolfgang von Goethe, también te gustarán: La dama de las camelias, Los miserables, Las peregrinaciones de Childe Harold.

