El otro día se lo reconocía a Pequeña Pa mientras tomábamos una caña en El Cafelito: “soy un hamster, lo sé y me gusta serlo”.
Soy de una generación a la que empezaron a dejar salir desde muy pequeños –al menos para la época. Me consta que cada vez son más precoces los chavales– y lo estuvimos haciendo de continuo hasta que una responsabilidad de peso se nos puso por delante y nos paró los pies. En mi caso, mi primer trabajo serio, a los 22. Y aún así, todavía estuve saliendo de fiesta a saco un par de años más.
Desde hace unos pocos años, lo que me pide el cuerpo es disfrutar de mi intimidad. Estar solo o acompañado, pero en un lugar tranquilo, sin un montón de desconocidos alrededor. Me cansé del olor a tabaco en la ropa y de sufrir el picor de ojos en bares sin extractor. Además, ¿qué pinto yo –que no me gusta bailar– en un sitio en el que, por el volumen de la música, sólo se puede bailar?
Así que ahora me quedo en casa las noches de fin de semana. Leo, escucho música, veo alguna película, dedico tiempo a chorradas que tenía olvidadas y cosas por el estilo. Encerrado mansamente en mi jaula, en definitiva. Reconozco que soy afortunado por tener a alguien –un beso, Laura– que, sin compartir mi visión de cómo pasar el tiempo libre, me aguanta y me acompaña la mayoría de las veces.
Después de cientos de discos, muchos libros y pocas películas, tengo claro que ésto es lo que me cunde. Para la vida social, creo que hay tiempo de sobra durante todo el finde como para no tener que alargar las noches hasta las 7 de la mañana.